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Simplificación y restitución de grupos consonánticos

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Ya sabemos que «Egi(p)to» tiene rima en consonante con «infinito» y «delito» en el famoso soneto de Quevedo. Es precisamente un fantástico ejemplo de lo que vamos a estudiar en este artículo: la simplificación y restitución de los grupos consonánticos latinos en la historia del español.

Las lenguas evolucionan de forma imparable. Lo hacen actualmente y lo han hecho siempre. Esa es una de las principales razones por las que en una gran parte del mundo no hablamos protoindoeuropeo, sino decenas de lenguas que fueron divergiendo del tronco común de la protolengua.

Si te alegras de que actualmente digamos «oso» en lugar de *h₂r̥tḱós… ¡agradéceselo a la simplificación de grupos consonánticos!

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De entre los diversos cambios que una lengua puede sufrir, los del nivel fonológico son de los que más rechazo causan en los hablantes más conservadores. Además, estos cambios son más o menos fáciles de constatar al comparar la pronunciación y la ortografía.

Como pasa a menudo con estas cuestiones, son muchos los hablantes que sienten su lengua ultrajada ante su evolución natural; más aún cuando el cambio supone una simplificación, como si lo más complejo fuera necesariamente mejor que lo más simple. Pero si te alegras de que actualmente digamos «oso» en lugar de *h₂r̥tḱós… ¡agradéceselo a la simplificación de grupos consonánticos!

Un poco de teoría sobre los grupos consonánticos

Empecemos por dejar claro que un grupo consonántico es… un grupo de consonantes seguidas, es decir, dos o más consonantes sin ninguna vocal de por medio.

Los grupos consonánticos pueden ser de naturaleza diversa desde diversos puntos de vista. Por ejemplo, todos conocemos la teoría de los diptongos (dos vocales seguidas en una misma sílaba) y los hiatos (dos vocales seguidas, pero en sílabas distintas). Algo similar ocurre con las consonantes: un grupo consonántico puede pertenecer a la misma sílaba (grupo homosilábico o tautosilábico, p. ej. «pla‑to») o a dos sílabas distintas (grupo heterosilábico, p. ej. «ac‑to»).

Como ya sabemos, un mismo grupo consonántico puede ser homosilábico en una lengua y tautosilábico en otra lengua. Así, tenemos que /pt/ es heterosilábico en español (p. ej. sep-tiem-bre) pero homosilábico en griego (p. ej. πτώ-ση).

Ocasionalmente puede incluso pasar que un grupo consonántico sea homosilábico en una variedad y heterosilábico en otra variedad de una misma lengua, como por ejemplo tl en español, que es heterosilábico en la mayoría de las variedades (p. ej. «at‑las») pero homosilábico en algunas variedades hispanoamericanas y en la canaria (p ej. «a‑tlas»).

También es importante distinguir entre las diferentes posiciones en que pueden aparecer los grupos consonánticos. Dentro de la misma sílaba, pueden aparecer al inicio (p. ej. «fla‑co», «a‑pla‑nar») o al final (p. ej. «bí‑ceps», «trans‑pi‑re‑nai‑co»); los grupos heterosilábicos, lógicamente, solo pueden aparecer en mitad de una palabra (p. ej. «ob‑je‑to»), o si consideramos la unión del final de una palabra con el inicio de la siguiente (p. ej. «el pan»).

Este último grupo no nos interesa. Tampoco el primero, ya que esa posición es muy estable incluso en español. El que más nos interesa es el tercero (grupos consonánticos en posición media de palabra), y un poco el segundo por su afinidad con el tercero, es decir, por tratar la posición final de sílaba, la más inestable en nuestra lengua.

A lo largo de este artículo, salvo que se especifique otra cosa, nos estaremos refiriendo a los grupos consonánticos en posición media de palabra.

Aparición de grupos consonánticos

A lo largo de la historia de una lengua pueden aparecer grupos consonánticos que en principio no estaban ahí. Posteriormente, estos grupos consonánticos secundarios ⁠—⁠es decir, que no estaban ahí primaria/primeramente⁠—⁠ pueden simplificarse o reducirse, o no.

En español, alrededor del 72 % de las sílabas termina en vocal; en inglés, solo el 40 %

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Una de las señas acústicas más claras de las lenguas eslavas es la frecuencia de sonidos sibilantes; otra es la enorme cantidad de grupos consonánticos ⁠—⁠algunos bastante complejos⁠—⁠ que encontramos en su léxico. Esto es más chocante aún si sabemos que en antiguo eslavo eclesiástico (el eslavo más antiguo atestiguado, de entre los siglos IX y XI) todas las consonantes eran abiertas, es decir, acababan por vocal, de forma muy similar a lo que ocurre en el español actual, donde se calcula que el 72 % de las sílabas son abiertas. (Como referencia, en inglés solo el 40 % de las sílabas son abiertas).

La mayoría de los locos grupos consonánticos eslavos son secundarios, es decir, se crearon cuando se perdió una vocal que había entre dos consonantes. Todos debemos de identificar los símbolos ь y ъ como letras rusas. En lingüística indoeuropea y eslavística son conocidos como «yers», vocales ultrabreves que, en buena parte, acabaron por desaparecer. Por ejemplo, el protoeslavo *brьměti ‘sonar’ habría que silabificarlo como *brь‑mě‑ti, aunque nos da en polaco brzmieć /bʐmʲɛt͡ɕ/ (en una sola sílaba); e incluso el propio nombre del país, Pol‑ska, procede de *po‑ljь‑ska.

Grupos consonánticos secundarios en español

Realmente no nos hace falta irnos a una rama lejana del árbol indoeuropeo, sino que podemos mirar dentro de la propia evolución del español desde el latín. Lo que acabamos de ver es prácticamente lo mismo que la pérdida de vocales intertónicas, tanto en latín vulgar (p. ej. ca‑lĭ‑du > «cal‑do») como posteriormente en el propio español.

Estos últimos son los conocidos como «grupos consonánticos romances», los que se formaron sobre los siglos XXI, como co‑mĭ‑tecomde > «conde».

Por su propio nombre (lo de «romances»), no son estos grupos, y menos aún los primeros, los que nos interesan en este artículo. Todos estos grupos consonánticos son patrimoniales, es decir, fueron evolucionando de forma natural a lo largo de la historia del español (y, en casos como calĭdu > «cal‑do», ya en el propio latín).

La simplificación y restitución de grupos consonánticos cultos nos deja dobletes como «práctica» y «plática» o «delito» y «delictivo»

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Lo que nos interesa realmente en el resto del artículo son los llamados «grupos consonánticos cultos», es decir, aquellos que se simplificaron en español ⁠—⁠como «se(p)tiembre» y «o(c)tubre»⁠—⁠ y que muy posteriormente resurgieron ⁠—⁠la mayoría, al menos⁠—⁠ de sus cenizas, ocasionalmente dando lugar a pares de palabras del mismo origen con distinto significado como «práctica» y «plática», y otros casos como «sujeto» y «subjetivo», «delito» y «delictivo», «seis» y «sexto», «siete» y «séptimo», u «ocho» y «octavo».

Historia de la simplificación de grupos consonánticos

Tipológicamente, la estructura silábica menos marcada es la abierta, es decir, la que termina en vocal. En español estaríamos hablando de la estructura ((C)C)V, como en «cla‑ve», «la‑ve» o «a». Como ya hemos dicho, esto se aplica al español (72 %), aunque no a otras lenguas como el inglés (40 %).

Simplificación de grupos consonánticos en latín

Tampoco los latinos se asustaban mucho ante las sílabas cerradas y los consiguientes grupos consonánticos en posición interior de palabra. Por ejemplo, el español «sue‑ño» procede de som‑nu y «lu‑to» de luc‑tu.

Así y todo, ya en el propio latín se realizaron simplificaciones de grupos consonánticos. La más frecuente era la asimilación-geminación (si lo consideramos una forma de simplificación): summus procede de *sup‑mus (cf. super). Sin embargo, esto aún nos dejaba con una sílaba cerrada, pues la silabificación era sum‑mus. Sería la degeminación del español la que abriría la sílaba, de forma bastante posterior.

Las mayores simplificaciones de grupos consonánticos dentro del propio latín las tenemos en grupos originariamente triconsonánticos y cuatriconsonánticos.

De entre los primeros, solo sobrevivieron en latín mps (p. ej. contempsi), nx /nks/ (p. ej. anxius), rpt (p. ej. carptus) y lpt (p. ej. sculptus) y alguno más como el secundario por epéntesis mpt (p. ej. emptor < em‑+tor) y el reconstruido nct (p. ej. sanctus por sancio, pero quintus de quinque). Como podemos suponer, estos grupos serán simplificados en español (p. ej. «ansioso», «esculpido»).

Las demás combinaciones se simplificaron ya en latín, como te‑stis < *ter‑stis (el testigo es el tercero que está presente), il‑lu‑stris < *in‑luc‑stris (cf. luceo) o ful‑men < *fulg‑men (cf. fulgeo).

Ley de sílabas abiertas

Hasta ahora hemos ido entremezclando ⁠—⁠quizá de forma algo vaga⁠—⁠ la simplificación de grupos consonánticos y la apertura de sílabas. Aunque en este artículo van a menudo de la mano, naturalmente se trata de dos fenómenos distintos. En cualquier caso, creo que nos entendemos y nos vamos a entender mejor ahora.

En la bibliografía no se suele ahondar en las causas de la simplificación de los grupos consonánticos cultos en español: simplemente se da por supuesta y se comienza la exposición a partir de ahí. Sin embargo, parece obvio ⁠—⁠al menos para mí⁠—⁠ que es en buena medida causada por la necesidad del español de abrir las sílabas.

Hasta donde yo sé, no se habla de una ley de sílabas abiertas en la filología hispánica, pero sí en la eslava. Como hemos dicho muy arriba, todas las sílabas del antiguo eslavo eclesiástico eran abiertas, precisamente como resultado de esta ley. Diversos procesos trabajaron conjuntamente desde el protoeslavo para que esta lengua clásica eslava llegara a tener abiertas todas sus sílabas. Guardando las distancias, podríamos decir que algo similar ocurrió en español.

Hasta hace no mucho, en español solo podían cerrar las sílabas las consonantes /l, m, n, ɾ, s, θ/

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Por supuesto, no todas las sílabas del español son abiertas, pero las consonantes que las cierran sí que son bastante restringidas, y aún lo eran más hasta hace no tanto tiempo, como vamos a ver muy pronto. En un respeto bastante escrupuloso de la escala de sonoridad, hasta hace poco solo cerraban las sílabas las consonantes más dúctiles: las sonantes l, m, n, r y, por supuesto, la s (y la z).

En este punto es importante que veamos, como mínimo, este fragmento de la clase completa sobre la sílaba en español:

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La sílaba en español

Restitución de grupos consonánticos

El epitafio en el sarcófago de Lucio Cornelio Escipión (abuelo del aún más famoso Escipión Africano, vencedor sobre Aníbal Barca), del siglo III a. C., reza: cosol, cesor ‘cónsul, censor’.

Si sabemos que las palabras españolas «cónsul» y «censor» son una continuación del latín clásico consul y censor, parece bastante evidente que ya dentro del propio latín hubo una simplificación del grupo ns en s y una posterior restitución. En palabras de Bassols:

En el habla popular se pronunciaba, pues, cō(n)sul, cē(n)sor […]. Por influencia, no obstante, de la ortografía oficial, que en tales casos seguía escribiendo n, la gente culta se fue de nuevo habituando a pronunciar la n en dichas palabras y esta pronunciación culta trascendió incluso al habla vulgar, aunque no en forma uniforme. […] En cambio, no hay indicio de restitución en palabras como isla < i(n)sulamesme(n)sisesposospo(n)sus, etc.

Podríamos suponer que algo parecido debió de ocurrir en español para pasar de dotor a «doctor», aunque la historia está bien documentada y es bastante más detallada y, quizá, contenga más de una sorpresa.

Grupos consonánticos cultos en español

Como ya hemos dicho, los grupos consonánticos cultos son, por antonomasia, los grupos consonánticos latinos que se perdieron de forma generalizada en la historia del español (y otras lenguas romances, muy conspicuamente el portugués, como retomaremos más adelante).

Podríamos resumir estos grupos cultos como aquellos heterosilábicos que cierran la primera sílaba con una consonante que no sea sonante (/l, m, n, ɾ/) o /s, θ/. Como vemos, quedan llamativamente excluidas las consonantes oclusivas (/p, t, k, b, d, g/) y algunas otras combinaciones.

Por tanto, durante buena parte de la historia del español se ha dicho (y escrito) así (entre paréntesis, la letra que no se pronunciaba): «Egi(p)to», «re(c)to», «mo(n)struo», «di(s)ciplina», «e(k)straño», etc.

Historia de la restitución de grupos consonánticos cultos en español

Esta es la historia de un cambio artificial impuesto desde arriba que acabó triunfando, muy contrariamente a lo que suele ocurrir. Efectivamente, el cambio lingüístico suele comenzar desde abajo y acaba siendo admitido, a veces muy a posteriori, por los hablantes cultos y la autoridad.

Ya sabemos que las faltas de ortografía suelen reflejar la discordancia entre ortografía oficial y pronunciación real. También conocemos la utilidad que tiene fijarse en la rima para afinar la pronunciación real. E igualmente la ultracorrección es signo de que la ortografía suele obligar a escribir lo que no se pronuncia.

Si nos fijamos en escritos medievales, podemos encontrar un poco de todo esto:

  • *⁠‹rebto› por ‹recto› (< rectu): no saber qué consonante hay que escribir indica que la ortografía demanda una consonante y que el escriba es al menos consciente de ello; pero, como realmente él no pronuncia consonante alguna, escribe una equivocada
  • rimar «preceptos» y «electos» en consonante: claramente indica que ni esa p ni esa c implosivas se pronunciaban (y entonces efectivamente precetos sí rima con eletos)
  • *⁠‹sacerdoctes› por ‹sacerdote› (< sacerdote): escribir una consonante donde no la hay es hipercorrección; si palabras parecidas (p. ej. «doctor» < doctore) sí tienen esa consonante… ¿por qué no?

Todo ello nos ha de llevar a una simple conclusión: las consonantes oclusivas (y otras) no se pronunciaban en posición implosiva (es decir, en coda silábica, o sea, al final de la sílaba).

De la poca gente que supiera escribir, la mayoría no las escribían (pues no las pronunciaban y se limitaban a escribir lo que decían); de la minoría más culta, algunos las escribían sin pronunciarlas, a menudo alternando en la misma frase una forma con grupo consonántico y otra sin él (p. ej. ‹escriptura› y ‹escritura›). Lo que es seguro es que nadie, las escribiera o no, las pronunciaba.

Etimologizantes vs. foneticizantes

Si actualmente la cosa está como está, es de suponer que durante muchos siglos a la gente le traía sin cuidado la ortografía, mientras lo que se escribía se entendiera.

Incluso Góngora, máximo exponente del culteranismo, rima «Egi(p)to» con «apetito»

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Sin embargo, sí había gente con el suficiente tiempo libre como para pararse a pensar si la escritura había de respetar la etimología de las palabras, o si debía ser lo más parecida posible a la pronunciación. Cada uno tendría sus razones ⁠—⁠los impresores solían ser del bando etimologizante, probablemente porque a más letras, más ingresos⁠—⁠, aunque no necesariamente basadas en la erudición o en la pedantería. Incluso Góngora, máximo exponente del culteranismo, rima «Egi(p)to» con «apetito».

Pronunciación vs. ortografía

En este punto es interesante dejar claro que la disputa no era sobre la pronunciación; este punto estaba bien claro desde los dos bandos: se pronuncia sin consonante implosiva.

La disputa era sobre la ortografía: ¿debemos escribir lo que no pronunciamos pero sí estaba en latín, o debemos escribir solo lo que pronunciamos, independientemente de cómo fuera en latín?

Durante mucho tiempo, todos pronunciaban una misma cosa, pero cada uno la escribía según sus preferencias; esto es, hasta que llegó la do(c)ta casa.

La RAE pone orden en la ortografía

Como es bien sabido, en tiempos de Felipe V se fundó la Real Academia Española y ya en el año 1726 se empieza a publicar el Diccionario de autoridades.

La restitución de los grupos consonánticos cultos comienza en el siglo XVIII con el académico Adrián Connink

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En su «Discurso proemial de la Orthographía de la Lengua Castellana», los caprichos del académico Adrián Connink marcarían un antes y un después en la ortografía, y posteriormente también en la pronunciación, del español. Como era de suponer, Connink era del bando etimologizante hasta el punto de llegar incluso a afirmar cosas como la siguiente sobre los grupos ct y ctr (negritas mías):

porque no se pronuncia doto, reto, pato, produto […] y aunque en los dos vocablos doctor y doctrina parezca que la c está de más porque no se especifica con claridad cuando se pronuncian, estando corriente su uso, como lo está, en los más clásicos autores, no se debe desfigurar ni escribir sin la c

Esta otra sobre el grupo pt:

escribirlas sin la p, diciendo preceto, conceto […] es contra
toda buena regla y pronunciación, y solamente en la poesía se puede alguna vez permitir semejante licencia por la precisión de los consonantes

Y aun esta sobre nsC:

No se debe hacer variación alguna por más que a algunos les parezca superflua la n, y se hallen escritas sin ella no solo en varios libros sino en algunos diccionarios

Llega incluso a sugerir que las consonantes que se pronuncian, perpetuando la práctica de los gramáticos tradicionales de decir lo que ellos creen que hay o debe haber, y no lo que realmente hay:

no se debe hacer variación escribiéndolas con s en lugar de la x, o con c, como hacen algunos […] porque claramente va contra sus orígenes y contra el modo común con que se pronuncian

Curiosamente ⁠—⁠o no⁠—⁠ sí aceptó la simplificación de los grupos mpt y nct, que en el propio latín, como hemos visto, eran secundario y reconstruido, respectivamente.

La pronunciación ha de reflejar la ortografía

Como hemos dicho, lo normal es o debería ser que la ortografía refleje lo más fielmente posible la pronunciación real, es decir, que la pronunciación condicione la ortografía.

Sin embargo, en esta historia tenemos lo contrario: la ortografía, basándose en la etimología, acabará condicionando la pronunciación del español.

En 1844 la ortografía de la RAE (según el Diccionario publicado en 1843) se hace oficial en la enseñanza primaria española. Por esta época, y ya desde algo antes, cobrarán también importancia los manuales de ortología, que servirán para homogeneizar en buena medida la pronunciación de las variedades del español en España.

Atendiendo a lo que nos ocupa en este artículo, la correcta pronunciación enseñada en estos manuales se basará en la correcta ortografía de la RAE. Es aquí cuando comienza realmente la restitución de los grupos consonánticos cultos en la pronunciación.

Poco a poco las nuevas generaciones de niños irán practicando y aprendiendo a pronunciar los grupos consonánticos cultos que se llevaba ya años escribiendo pero aún no pronunciando. La meta será, en palabras de Navarro Tomás (negritas mías), «la pronunciación castellana sin vulgarismo y culta sin afectación», es decir, «pronunciar todas las consonantes de las palabras según aparecen escritas en el diccionario académico, si bien relajando ligeramente la articulación de las implosivas».

¿De verdad triunfó la restitución?

Parece que la restitución triunfó en gran medida en el español, y no solo en el de España, sino a nivel panhispánico (el venezolano-chileno Andrés Bello estaba de acuerdo con las prácticas impuestas en España).

Podemos considerar que triunfó plenamente si tenemos en cuenta que actualmente pronunciar «doctor» sin la consonante implosiva se considera bastante vulgar. Cuestión aparte es cómo se pronuncie realmente esa consonante, lo cual variará enormemente dependiendo de numerosos factores:

  • [dok⁠ˈ⁠toɾ]
  • [dos⁠ˈ⁠toɾ] o [doθ⁠ˈ⁠toɾ]
  • [dot⁠ˈ⁠toɾ], [dot⁠ˈ⁠toɾ], [doʰ⁠ˈ⁠toɾ]…

Y por supuesto tenemos que tener en cuenta las incoherencias en la restitución. Como hemos adelantado, esta no fue completa ni uniforme. De ahí que tengamos dobletes léxicos con grupo culto y con simplificación, frecuentemente con cambio de significado, como en «práctica» ↔ «plática».

Abríamos el artículo con el soneto de Quevedo. Es especialmente interesante porque rima «Egi(p)to», «infinito» y «delito», es decir, tres palabras con tratamiento distinto:

  • «infinito» es la forma etimológicamente correcta
  • «Egi(p)to» restituyó la p que se había perdido
  • «delito» perdió la c (< delictu, cf. «lícito»), que no llegó a restituirse

El caso del portugués

Al contrario que en español, en portugués no se restituyeron los grupos consonánticos cultos

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En nuestra hermana portuguesa se dio una simplificación de grupos consonánticos bastante similar a la que tuvo lugar en español. Sin embargo, los lusófonos aún dicen ¡y escriben! ótimo ‘óptimo’, ato ‘acto’, direção ‘dirección’, etc.

Esto es porque en estos países la ortografía siguió a la pronunciación ⁠—⁠como es más frecuente⁠—⁠ y no al revés ⁠—⁠como se hizo en español⁠—⁠. Por supuesto, la cuestión es más complicada y habría que hablar de los diversos acuerdos ortográficos del portugués, pero ya no procede profundizar tanto en un artículo sobre español.

Últimas palabras y conclusión

Hemos visto que la sílaba abierta es la menos marcada tipológicamente. Aunque otras lenguas como el inglés y las lenguas eslavas actuales no la favorecen, el español, a lo largo de su historia, se ha esforzado por seguir la pauta de abrir el máximo número de sílabas, principalmente eliminando las consonantes implosivas.

Contrariamente a lo que se habría esperado, en los siglos XVIIIXIX se consiguió de forma bastante efectiva y definitiva revertir la tendencia natural del castellano, restituyendo, reinstaurando, reconstruyendo la mayoría de los grupos consonánticos cultos.

Aun así, esa tendencia a la sílaba abierta sigue estando dentro del español. En muchas variedades se debilitan y se relajan las consonantes implosivas, y en otras se da incluso la total elisión de muchos de estos sonidos.

Es posible que la mayoría de los hispanohablantes sean conscientes de que esas consonantes deben (de) estar ahí y así se esmeran en hacerlo en la escritura y en el discurso más cuidado; no así en la conversación natural y espontánea.

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Javier Álvarez

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«Simplificación y restitución de grupos consonánticos», de delcastellano.com.


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