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¿Por qué ‹ce, ci, ge, gi› se pronuncian como ‹ze, zi, je, ji›?

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Actualizado el 4 de febrero de 2016.

Hace unas semanas vimos que la ‹c› latina se pronunciaba siempre [k], como en español «casa», «queso», «kilo»: leemos, pues, Cicero como [ˈkikero]. Lo mismo ocurría con la ‹g›, que se pronunciaba siempre [g], como en español «gato», «guepardo».

La pregunta que a uno se le viene a la cabeza es, entonces, por qué en español ocurre que ‹c› y ‹g› delante de e o i se pronuncian de forma diferente que si van seguidas de a, o, u.



Evolución en las lenguas romances (y otras)

Lo primero que hay que reseñar es que es algo que ocurre en todas las lenguas romances, por lo que no es un rasgo específico del español. Eso sí, cada lengua romance tiene su propio tratamiento de ‹c› y ‹g› ante e/i, es decir, cada lengua evoluciona el sonido a otro: el español a [θ] y [x], el italiano a [tʃ] y [dʒ], el francés a [s] y [ʒ], etc. Esto es un proceso de palatalización.

A causa de la palatalización, el inglés tiene dobletes como ‘skirt’ y ‘shirt’.

¡Tuitea esto!

La verdad es que no solo no es exclusivo del español, sino tampoco de las lenguas romances, ya que es algo muy extendido en las lenguas del mundo. Por ejemplo, entre el inglés y el alemán (lenguas germánicas) tenemos que «iglesia» es church [tʃɜːrtʃ] y Kirche [ˈkɪrçə] respectivamente y lo contrario, que «libro» es book [bʊk] y Buch [bu:x]; dentro del propio inglés tenemos dobletes como skirt ‘falda’ y shirt ‘camisa’, que lógicamente derivan de una misma raíz que venía a significar ‘ropa corta’ (raíz relacionada a su vez con la del español «corto»).

Si recuerdas nuestra vieja lección sobre protoindoeuropeo, sabrás que las lenguas satem son todas lenguas que sufrieron palatalizaciones un par de milenios antes de nuestra era. Si uno se pone a aprender una lengua eslava como el polaco o el ruso, por ejemplo, se asombrará de la gran cantidad de sonidos sibilantes procedentes de antiquísimas palatalizaciones que hay.

¿Por qué vamos cambiando los sonidos?

Una genial cita atribuida a Bill Gates dice:

Siempre voy a intentar asignarle una tarea difícil a una persona vaga, ya que encontrará la forma más sencilla de solucionarla.

Muchos de los cambios fonéticos que sufren las lenguas se deben a la pereza de los hablantes: si un determinado sonido les resulta complicado de realizar, se apañarán para facilitarse la pronunciación. Es este el caso de ‹c› y ‹g› ante e/i. Los sonidos [k, g] son velares, es decir, se pronuncian mediante el contacto de la raíz de la lengua (la parte trasera) con el velo, como se ve en la imagen:

Pronunciación de los sonidos [k, g]: contacto de la raíz de la lengua con el velo (paladar blando)
Figura 1. Pronunciación de [k, g]
Por el contrario, las llamadas vocales palatales, [e, i], se pronuncian aproximando el dorso de la lengua (la parte central) al paladar duro:

Pronunciación de [e] y de [i]: aproximación del dorso de la lengua hacia el paladar
Figura 2. Pronunciación de [e] y de [i]
Esto es un gran esfuerzo articulatorio para la lengua, que tiene que moverse rapidísimamente —ambos sonidos pertenecen a la misma sílaba— desde un punto de la boca hasta el lugar opuesto. Entonces, como habíamos dicho, los hablantes, perezosos y ahorradores, dan con una solución que les ahorre este esfuerzo.

¿Por qué ‹ce› y ‹ci› se pronuncian [θe] y [θi]?

Como sabemos, ‹ce› y ‹ci› se pronuncian [θe] y [θi] en el español de España (no seseante) y [se] y [si] en otras variedades (países sudamericanos y variedades seseantes de España, principalmente Andalucía y Canarias). Esto es totalmente lógico, ya que tanto [θ] como [s] se pronuncian con una configuración mucho más similar a [e, i], por lo que el esfuerzo es menor.

Por el camino nos hemos dejado varias etapas intermedias que van desde el latín hasta el español actual, más o menos algo así:

  1. latín: [ke, ki]
  2. siglo XIV: [tse, tsi]
  3. siglo XVI: [ʃe, ʃi]
  4. siglo XVII: [θe, θi]

¿Por qué ‹ge› y ‹gi› se pronuncian [xe] y [xi]?

Por el contrario, en ‹ge› y ‹gi›, que se pronuncian [xe, xi], tenemos justo lo opuesto. En principio, estos grupos tienden a perder la g inicial en el paso del latín al español: germanum > «hermano», gingivam > «encía»; por tanto, las palabras españolas de origen latino que comienzan con ‹g› [x] son cultismos.



Durante mucho tiempo, estas secuencias se pronunciaron [ʒe, ʒi], lo cual es congruente con el ahorro de esfuerzo que ya hemos mencionado. Lo curioso y, por así decirlo, contraproducente llegó cuando en el siglo XVII —y contrario a lo que ocurre en otras lenguas romances, que realizan ‹ge› y ‹gi› de forma suave— el castellano volvió a llevar hacia atrás la pronunciación de esta g, de forma similar a la antigua g latina (Figura 1 de esta entrada), pero sin llegar a bloquear la salida del aire y sin vibración de las cuerdas vocales (Figura 3), lo que produce la j típica castellana y tan rara en otras lenguas.

Figura 3. Pronunciación de [x]
Figura 3. Pronunciación de [x]
¿Y por qué iban a hacer tal cosa, tan contraproducente, los castellanos?

A pesar de que los hablantes son vagos, se preocupan por que se les comprenda cuando hablan. No les convenía que se confundieran los sonidos [ʃe, ʃi] provenientes de ce, ci con [ʒe, ʒi] provenientes de ge, gi, que se pronunciaban prácticamente igual: pronuncia el sonido del inglés show (es decir, como si mandaras callar) y haz vibrar las cuerdas vocales.

Lo que había que hacer era, pues, separar estos dos sonidos casi iguales: el primero, como vimos, se adelantó hacia los dientes hasta convertirse en [θ], mientras que el segundo se atrasó hacia el velo hasta convertirlo en [x]. Así, los dos sonidos que eran casi iguales y estaban en tierra de nadie se separaron cada uno a un lado opuesto de la boca.

Todos estos procesos de ‹ge› y ‹gi›, creo, fueron de la mano e incluso se vieron influidos por el de la j “etimológica” (entre comillas porque no existía la j en latín: ni la grafía ni el sonido, sino una i consonántica), ya que tanto la pronunciación de j y g seguida de e/i como sus pronunciaciones se mezclaron entre sí. Esto se puede intuir de ejemplos como Ianuarius > Jenuarius/Genarius > «enero» (pero italiano gennaio [dʒenˈna:io]).

Javier Álvarez


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